¡Ay de vosotros, escribas y fariseos
hipócritas, que limpiáis lo de fuera del vaso y del
plato, y por dentro estáis llenos de rapiña y de
inmundicia! – ¡fariseos ciegos, limpiad primero el
interior del vaso y del plato para que sea también
limpio lo que está afuera! – ¡Ay de vosotros, escribas
y fariseos hipócritas! Porque sois semejantes a
sepulcros blanqueados, que por fuera parecen
hermosos a los ojos de los hombres y dentro están
llenos de toda suerte de podredumbre. – Así también
de fuera os mostráis justos a los ojos de los hombres;
mas por dentro estáis llenos de hipocresía y de
iniquidad. (San Mateo, cap. XXIII, v. 25 a 28).
. Los malos Espíritus sólo van
donde pueden satisfacer su perversidad; para alejarlos,
no basta pedirlo ni menos mandarlo; es preciso
despojarnos de lo que les atrae. Los malos Espíritus
olfatean las llagas del alma, como las moscas olfatean
las del cuerpo; del mismo modo que limpiáis el cuerpo
para evitar la inmundicia, limpiad también el alma de
sus impurezas para evitar a los malos Espíritus. Como
vivimos en un mundo en que pululan los malos
Espíritus, las buenas cualidades del corazón no siempre
nos ponen al abrigo de sus tentativas, pero dan fuerza
para resistirles
. ORACIÓN. En nombre de Dios Todopoderoso,
que los malos Espíritus se alejen de mí y que
los buenos me sirvan de protección contra ellos.
Espíritus malhechores, que inspiráis malos
pensamientos a los hombres; Espíritus tramposos y
mentirosos que les engañáis; Espíritus burlones que
abusáis de su credulidad, os rechazo con todas las
fuerzas de mi alma y cierro el oído a vuestras
sugestiones; pero pido para vosotros la misericordia
de Dios.
Buenos Espíritus, que os dignáis asistirme,
dadme fuerza para resistir a la influencia de los malos
Espíritus y luz necesaria para no ser víctima de sus
embustes. Preservadme del orgullo y de la presunción;
separad de mi corazón los celos, el odio, la malevolencia
y todo sentimiento contrario a la caridad, porque son
otras tantas puertas abiertas al Espíritu del mal.
AMEN (1 padrenuestro, 3 avemaría y 1 gloria)
miércoles, 17 de febrero de 2010
LOS ÁNGELES GUARDIANES Y LOS ESPÍRITUS PROTECTORES
Todos tenemos un buen
Espíritu que se une a nosotros desde el nacimiento y
nos ha tomado bajo su protección. Cumple junto a
nosotros la misión de un padre para con su hijo: la de
conducirnos por el camino del bien y del progreso a
través de las pruebas de la vida. Es feliz cuando
correspondemos a su solicitud; sufre cuando nos ve
sucumbir.
Su nombre nos importa poco, porque puede ser
que no tenga nombre conocido en la Tierra; lo
invocamos como nuestro ángel guardián, nuestro buen
genio; podemos también invocarlo con el nombre de
un Espíritu superior cualquiera por el que sintamos
más simpatía.
Además de nuestro ángel guardián, que siempre
es un Espíritu superior, tenemos a los Espíritus
protectores, que no por ser menos elevados, son
menos buenos y benévolos; éstos son o parientes o
amigos, o algunas veces personas que nosotros no
hemos conocido en nuestra existencia actual.
Frecuentemente, nos asisten con sus consejos y con
su intervención en los actos de nuestra vida.
Los Espíritus simpáticos son aquellos que se
unen a nosotros por cierta semejanza de gustos y de
inclinaciones; pueden ser buenos o malos, según la
naturaleza de las inclinaciones que les atraen hacia
nosotros.
Los Espíritus seductores se esfuerzan en
desviarnos del camino del bien, sugiriéndonos malos
pensamientos. Se aprovechan de todas nuestras
debilidades, que son como otras tantas puertas abiertas
que les dan acceso a nuestra alma. Los hay que se
encarnizan con nosotros como con una presa, pero se
alejan cuando reconocen que no pueden luchar contra
nuestra voluntad.
Dios nos dio un guía principal y superior en
nuestro ángel de la guarda, y guías secundarios en
nuestros Espíritus protectores y familiares; pero es un
error creer que tenemos forzosamente un mal genio
colocado cerca de nosotros para contrarrestar las
buenas influencias. Los malos Espíritus voluntariamente según encuentren acceso en
nosotros por nuestra debilidad o por nuestra
negligencia en seguir las inspiraciones de los buenos
Espíritus; por tanto, somos nosotros quienes los
atraemos. De esto resulta que nadie está jamás privado
de la asistencia de los buenos Espíritus y que depende
de nosotros apartar a los malos. Siendo el hombre la
primera causa de las miserias que sufre por sus
imperfecciones, muchas veces él mismo, es su propio
mal genio.
La oración a los ángeles guardianes y a los
Espíritus protectores debe tener por objeto solicitar su
intervención ante Dios, y pedirles fuerza para resistir a
las malas sugestiones y su asistencia en las
necesidades de la vida.
Espíritu que se une a nosotros desde el nacimiento y
nos ha tomado bajo su protección. Cumple junto a
nosotros la misión de un padre para con su hijo: la de
conducirnos por el camino del bien y del progreso a
través de las pruebas de la vida. Es feliz cuando
correspondemos a su solicitud; sufre cuando nos ve
sucumbir.
Su nombre nos importa poco, porque puede ser
que no tenga nombre conocido en la Tierra; lo
invocamos como nuestro ángel guardián, nuestro buen
genio; podemos también invocarlo con el nombre de
un Espíritu superior cualquiera por el que sintamos
más simpatía.
Además de nuestro ángel guardián, que siempre
es un Espíritu superior, tenemos a los Espíritus
protectores, que no por ser menos elevados, son
menos buenos y benévolos; éstos son o parientes o
amigos, o algunas veces personas que nosotros no
hemos conocido en nuestra existencia actual.
Frecuentemente, nos asisten con sus consejos y con
su intervención en los actos de nuestra vida.
Los Espíritus simpáticos son aquellos que se
unen a nosotros por cierta semejanza de gustos y de
inclinaciones; pueden ser buenos o malos, según la
naturaleza de las inclinaciones que les atraen hacia
nosotros.
Los Espíritus seductores se esfuerzan en
desviarnos del camino del bien, sugiriéndonos malos
pensamientos. Se aprovechan de todas nuestras
debilidades, que son como otras tantas puertas abiertas
que les dan acceso a nuestra alma. Los hay que se
encarnizan con nosotros como con una presa, pero se
alejan cuando reconocen que no pueden luchar contra
nuestra voluntad.
Dios nos dio un guía principal y superior en
nuestro ángel de la guarda, y guías secundarios en
nuestros Espíritus protectores y familiares; pero es un
error creer que tenemos forzosamente un mal genio
colocado cerca de nosotros para contrarrestar las
buenas influencias. Los malos Espíritus voluntariamente según encuentren acceso en
nosotros por nuestra debilidad o por nuestra
negligencia en seguir las inspiraciones de los buenos
Espíritus; por tanto, somos nosotros quienes los
atraemos. De esto resulta que nadie está jamás privado
de la asistencia de los buenos Espíritus y que depende
de nosotros apartar a los malos. Siendo el hombre la
primera causa de las miserias que sufre por sus
imperfecciones, muchas veces él mismo, es su propio
mal genio.
La oración a los ángeles guardianes y a los
Espíritus protectores debe tener por objeto solicitar su
intervención ante Dios, y pedirles fuerza para resistir a
las malas sugestiones y su asistencia en las
necesidades de la vida.
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